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Lo que está en la cárcel no es Lula Da Silva

Por: Luz Stella Álvarez Castaño. PhD.

Profesora Universidad de Antioquia. 

   

 
                                     

 

La reciente condena a 12 años de prisión y la orden de privación inmediata de libertad impuesta al expresidente Luiz Inacio Lula Da Silva, no intentan hacer justicia por un caso no demostrado de corrupción, tal como algunos medios de comunicación lo han querido demostrar. Lula así lo entendió, cuando dijo ante los miles de manifestantes que lo acompañaron en los momentos previos a su detención: 

No es suficiente impedir que yo camine el país,

Porque hay muchos para caminar.

No soy un ser humano. Soy una idea (1)

Y así es, no solo por el legado imborrable de este hombre y de los movimientos sociales, sindicales y académicos que lo han apoyado, sino porque es claro que lo que están encarcelando no es a un ser humano. Están intentando asfixiar la osadía de pensar que los pobres de América Latina y del mundo (porque Lula ya es patrimonio de todos) merecían no tener hambre y tener la esperanza de un futuro más digno.

Antes de Lula, el hambre y la pobreza en el continente eran un fenómeno casi “natural”. Pareciera que después del triunfo del modelo neoliberal y del desmonte del estado, estábamos condenados a la desigualdad, a la pobreza de la mayoría y a la desnutrición. Él, recogiendo las propuestas construidas durante años por movimientos sociales y académicos proclamando que “otro mundo es posible”, en su primer gobierno se propuso que la meta era hambre cero y estuvo a punto de lograrlo. Al final de su mandato había reducido a solo 2% el número de hogares en Brasil que no tienen dinero para comer. (2)

La fuerza de sus convicciones era explicable. Inició una conferencia en Bogotá cuando ya era expresidente con una frase intima: “Conocí el pan a los siete años” y posteriormente también aclaró que “lo que hizo mi madre por nosotros me enseño que los pobres merecen que creamos en ellos”. Por eso propuso un ingreso básico con muy pocas condiciones como garantizar que los niños si asistían a la escuela, otorgado especialmente a mujeres pobres. También por esa razón, creó en sus dos mandatos 18 universidades públicas gratuitas y con becas para personas de toda América Latina y de África. Hoy esas universidades están en los primeros lugares en el continente por su nivel académico.

Sus propuestas se extendieron rápidamente a otros países. Por una parte los éxitos en el combate al hambre y la desnutrición pronto inspiraron a varios mandatarios del mundo pero además, entendiendo que Brasil debía jugar un rol económico y político relevante en el continente, contribuyó a consolidar “La iniciativa América Latina Sin Hambre 2025” “El Frente Parlamentario Contra el Hambre” y promovió espacios como las redes de investigadores y académicos en soberanía y seguridad alimentaria de UNASUR, para imaginar cómo continuar superando el hambre y garantizar el derecho a la alimentación para todos. La FAO reconoció que América Latina fue durante ese período el continente que más aportó para reducir el hambre en el mundo. Pasamos entre 1990-1992 de 64 a 34 millones de personas en esa condición y el cambió se dio especialmente después de 2002 (2). Según este organismo “La historia de éxito de la región es fruto del compromiso político de los países con la lucha contra el hambre al más alto nivel”. (2)

En su último informe sobre seguridad alimentaria la misma FAO alertó, que los logros alcanzados durante ese período, se están revirtiendo con la llegada de nuevos gobernantes al poder (3). Afrontar el reto del hambre y la pobreza en medio de la desigualdad y de la crisis del medio ambiente será ahora más complejo. Es claro que estas aspiraciones tienen fuerzas enemigas muy poderosas.

 


 Referencias bibliográficas